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Archive for the ‘Gastronomía’ Category

En mi entrada anterior comenté que durante el fin de semana me gustaría pasarme por uno de los mercadillos de Pascua que hay por Viena. Bueno, he de decir que me hubiera gustado visitar alguno, pero estuve todo el “finde” haciendo de canguro. Será en otra ocasión :/

Este tiempo de cuaresma es perfecto para escribir un post sobre torrijas, por ejemplo, pero durante el fin de semana me pusieron una súper nota unos pequeños críticos muy exigentes, así que, ante tal éxito, se me ocurrió compartirlo con vosotros.

Como os cuento, estuve cuidando de unos niños. Me encanta cuidarlos, aunque a veces consiguen sacarte de tus casillas, pero ¿quién siendo niño no ha mermado la paciencia de sus padres? Y ya ni hablemos de adultos con otros adultos.

La cuestión es que, como están en una edad fantástica para ayudar en la cocina de forma lúdica, me ocurrió que el sábado podríamos hacer juntos galletas americanas con chips de chocolate, también conocidas como “cookies”. La receta la encontré en un video de youtube en el canal de @DeUvasAPeras, así que os dejaré el video al final de esta entrada.

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Siempre es un buen momento para poder potenciarles este tipo de motivación natural y la cocina es un medio ideal porque después pueden seguir disfrutando comiéndose su propio trabajo. Por ejemplo, uno de estos niños que estuve cuidando apenas acaba de cumplir 11 años y cada vez que me ve entrar en la cocina para preparar el almuerzo deja lo que esté haciendo y me pregunta si puede ayudarme con algo. De hecho, durante estos días me confesó que de mayor quería ser cocinero. Es un niño, doy por hecho que no cuenta con mi experiencia para cocinar más rápido, con mayor precisión y sin ensuciar tanto, pero así es como aprendimos todos, despacito y equivocándonos. Sabe que siempre voy a buscar algo que pueda hacer. Sinceramente, su confesión fue la mejor recompensa. ¡Menudo rollo pedagógico que acabo de soltaros!

La cuestión es que como eran tantos, cada uno agregó un ingrediente mientras yo iba removiendo. Después, entre todos formamos pequeñas bolitas, las aplastamos un poquito y las pusimos sobre una bandeja de horno. Hasta la pequeña de 3 añitos estuvo disfrutando como una enana con tanta pringue.

Cuando las saqué del horno esperé a que se enfriaran un poco para poder moverlas a un tupper (la galleta necesita unos minutos para endurecerse mientras se enfría). En cuanto me vieron con él no pararon de perseguirme allá donde iba. La chica, también reclamaba lo que minutos antes había modelado: ¡Ana! ¡Dame “yalletas”! Ni que decir que apenas duraron una tarde y eso que utilizando la mitad las cantidades de la receta original se hornearon unas 30 cookies.

 

Otra modificación fue que utilicé un poco menos de las cantidades que se indican de mantequilla y azúcar. Igualmente, añadí un sobre de azúcar vainillada. Si no encontráis las pepitas de chocolate podéis cortar una tableta de chocolate (cuanto más negro mejor) con trocitos pequeños. Un último consejo: dejar el chocolate en el frigo o la nevera hasta el momento de incorporarlo (si antes de la harina se mezcla mezcla mejor).

Espero que las disfrutéis tanto como ellos porque la verdad es que están riquísimas Sonrisa

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Sopa de leche

Abro la puerta de mi nevera y veo: un triste pimiento, dos tomates, un trozo de mozzarella casi entero en su salmuera, un bote de leche casi agotado… Muchos poquitos que ocupan espacio y a los que debo darles salida rápido. Es entonces cuando me acuerdo de aquellos días en que mi vecina de Bolivia traía un “tupper” con una sopa típica de su tierra que había cocinado para su familia. Sopa… pero blanca, con un gusto particular y con queso. ¡Sopa de leche! Eso haré para cenar… Casi pudiendo saborearla desde mis recuerdos me puse manos a la obra y busqué la receta en internet, porque a pesar de que mi sentido del gusto estaba dándose un festín por mi memoria, a duras penas podía recordar algunos ingredientes. En vista de al inconveniente pregunté a un amigo y… ¡bingo! Me dio una pista (muchas gracias chiki ^^!!!). En Perú cocinan algo parecido, “Chupe de camarones”, pero con marisco y algunos ingredientes más. Este platillo lo probaré en otra ocasión; ahora estaba decidida a hacer la sopa de leche.

Por fin la he cocinado para cenar y el resultado es éste:

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¿Queréis saber cómo se prepara? Os dejo con los ingredientes y el paso a paso.

Ingredientes:

  • Agua
  • Un trozo de pollo (o el esqueleto) para hacer caldo.
  • 1 cebolla blanca
  • 1 pimiento verde
  • 1 tomate
  • patatas
  • queso blanco
  • leche
  • sal
  • pimienta molida
  • orégano
  • comino molido

La proporción de agua y leche es: por cada litro de agua, algo menos de medio litro de leche.

 

Preparación:

Poner una olla al fuego con agua y el pollo para hacer un caldo. Dejar que hierve un ratito. He de confesar que yo añadí una pastilla de caldo de pollo porque tan tenía un ala y el caldo iba a quedar muy pobre. A continuación añadir la cebolla cortada en pluma (en tiras largas), el pimiento y el tomate con el mismo tipo de corte. (Como es caldo, también agregué una zanahoria pequeña a trocitos). Ahora es el momento de incorporar las patatas peladas, lavadas y cortadas en láminas de medio centímetro de grosor. Probar de sal y si sabe muy soso el caldo lo corregimos de sal. Añadimos una pizca de pimienta molida y dejamos hervir una media hora. Trascurrido el tiempo lo apartamos del fuego e incorporamos la leche y el queso cortado en láminas. Espolvoreamos un poco de orégano y la punta del cuchillo de comino (a gusto). Dejar hervir la sopa a fuego suave durante unos quince minutos. Apartar y servir.

 

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¡Rica y diferente! Guiño

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Este plato es uno de esos de comer con un buen trozo de pan. El único “pero” que se le puede poner es que no es bueno abusar de él, ya que el hígado tiene muchas hormonas mucho coresterol y es alto en purinas, sin embargo, es muy rico en hierro y vitamina del grupo B (sobre todo B12). Yo suelo cocinarlo, como mucho, una vez al mes, aunque cada dos semanas es aceptable.

 

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Aquí os dejo esta receta.

Ingredientes:

  • Higaditos de pollo
  • Cebolla en cantidad
  • Dientes de ajo
  • Laurel
  • Harina o maicena.
  • Aceite
  • Vino blanco
  • Agua
  • Pimienta
  • Un poco de orégano

Preparación:

Limpiar la cebolla y cortarla en pluma (en tiras largas). En una sartén honda ponemos a pochar la cebolla con un chorrito de aceite, la hoja de laurel y un pellizco de sal.

Mientras se pocha preparamos el ajo. Si es poca cantidad de higaditos con dos o tres dientes grandes es suficiente. En la receta de la foto lo corté chiquito, pero en otras ocasiones lo corto en láminas (eso sí, independientemente de la forma en que lo hagáis quitarle el germen del centro). Agregaremos el ajo cuando la cebolla esté casi blanda.

Mientras sigue pochándose la cebolla vamos preparando los higaditos. Es decir, cortar aquello que sea necesario (grasa, alguna zona verdosa que haya estado en contacto con la vesícula biliar o alguno de sus conductos, lavarlos, etc.). A mí me gusta separarlos por la mitad, incluso del corazón porque hay quienes les gusta comer el higadito, pero no el corazón. En el momento en que el ajo y la cebolla ya están blanditos y se empiezan a dorar es el momento de echar los higaditos. Remover con cuidado, agregar un chorreón de vino blanco, sal (en este punto podéis añadir un trozo de una pastilla de caldo de pollo), pimienta, un poco de orégano o de un mix de especias para cordero. Darle unas vueltas e incorporar el agua (ya caliente) para que tengamos salsa donde hacer sopones de pan Risa. Probar de sal y corregir si vemos que es necesario. En este punto espolvoreamos harina o maicena y removemos enérgicamente para espesar la salsa. Cuidado en que no se os hagan grumos. Yo tengo dos soluciones: bien espolvorearla muy poco a poco, bien aparto un poco de la salsa en un vaso batidor y mezclo la harina con la batidora). No hace falta mucha cantidad, así que no pasaros con el espesante.

Dejar que se haga a fuego lento con la tapa puesta. Se hacen muy rápido, así que una vez que apaguéis el fuego os recomiendo que los dejéis reposar para que los sabores se mezclen.

Se pueden acompañar con puré de patatas, patatas fritas, arroz blanco…

Un truco: si una vez hechos se guardan en la nevera, de un día para otro mejora su sabor infinitamente.

¡Buen provecho!

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Si hay algo que me fascina de Austria es que en el supermercado puedes encontrar lo inimaginable: desde productos hasta sabores.

Mi último descubrimiento han sido unos ganchitos. Todos conocemos los archiconocidos ganchitos con sabor a queso. Aquí han una vuelta más de rosca al invento y, no sólo no se conforman con los ganchitos con sabor a cacahuete (realmente buenos y adictivos), ni con los de cacahuete light, sino que han reinventado el producto con un nuevo sabor: ganchitos de pistacho. Es como un boom: últimamente todo sabe a pistacho o a wasabi.

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Llevaba tiempo viéndolos en la estantería cada vez que iba a comprar, pero no terminaba de lanzarme a probarlos. Finalmente mi curiosidad ha podido más y terminé comprándolos. He aquí mis apreciaciones.

Como vemos en la foto, difieren de los de sabor a cacahuete o maní en su tamaño, la cantidad que incluyen en cada paquete y el color. Los primeros son más gruesos, más oscuros, con verdadero sabor al fruto seco en cuestión… Qué más puedo decir de ellos… ¡Me encantan! Tengo la impresión de que realmente han logrado alcanzar el sabor “umami”,  a pesar de aclarar en el paquete que no han utilizado saborizantes.

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Según estudios japoneses hay un quinto sabor en el gusto, a parte del salado, ácido/agrio, dulce y amargo: el sabor umami o sabroso, típico de potenciadores del sabor. ¿Quién no lo ha sentido al comer un plato cocinado con una pastilla de caldo? ¿O un plato asiático en el que han utilizado ajinomoto (glutamato monosódico), como la ternera con pimientos verdes? Hay quienes dicen que incluso el jamón serrano ibérico de muchas jotas también desata en nuestra paladar que percibamos el sabor umami.

Pero volviendo al aperitivo que nos ocupa, los ganchitos realmente buenos son los de la marca Kelly’s, aunque hay algunos de marca blanca que tampoco están tan mal. Por su parte, los de pistacho lo venden en un paquete más pequeño (aunque en la foto no se aprecia muy bien porque el otro estaba casi vacío T_T ), son más finos, su color no es verde como el pistacho, sino más blanquecino. Respecto al sabor… no termina de convencerme. Me deja un regusto a amargo industrial que dista mucho del delicioso sabor del pistacho, entre salado y dulce. Sinceramente, me terminé el paquete con dificultad y porque lo había pagado y no estamos como para ir derrochando.  Algo que tampoco me ha gustado es la publicidad empleada en el producto. Tras leer el eslogan, no nos queda duda de que la población a la que se dirige este producto es el sector femenino (“Son el mejor amigo de las chicas”). Ciertamente, comparándolo con el paquete del sabor original, la presentación y el formato nos resulta más femenino, más sutil, menos rudo… Sea como fuere, mi opinión sigue siendo invariable: por muy mona que sea la bolsa el resultado me ha decepcionado. No volvería a comprarlos sabiendo que el sabor no me ha convencido, que la cantidad que incluye es menor que en un paquete de ganchitos de cacahuete, y que el precio es mayor.

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Hace años que un amigo me pasó la receta de este bizcocho. Lo llevó un día a mi casa para merendar y me gustó tanto que le pedí la receta. Fue entonces cuando me dijo que esa misma receta era la del bizcocho que su padre vendía en la pastelería, así que me convenció aún más.

A esta receta se la conoce como “el bizcocho del yogur” o también como “el bizcocho 1, 2, 3” (por las medidas a utilizar siempre con el vaso del yogur utilizado). Para los que no la conozcáis, os diré es es muy fácil de preparar y el resultado es muy rico al paladar así como muy esponjoso. Es tan sencilla que es de los pocos postres que preparo.

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Ingredientes:

  • 1 yogur de limón (si no, uno natural azucarado o de piña). No olvidéis que el vaso del yogur será la medida.
  • 3 huevos.
  • 1 vaso de aceite de oliva.
  • 2 vasos de azúcar.
  • 3 vasos de harina (tantos como huevos)
  • 1 sobre de levadura.
  • Ralladura de la piel de un limón grande.
  • una pizca de sal.
  • 1 poco de mantequilla.

 

Preparación:

Precalentar el horno a 170ºC.

En un bol vertemos el yogur, los huevos (no hay que separar las yemas de las claras), el aceite, el azúcar, un pellizquito de sal (¡muy pero que muy poquito!) y la ralladura del limón (cuando ralles el limón ten cuidado de que sólo sea la parte amarilla). Batir con la batidora y cuando la mezcla esté homogénea agregar la harina junto con la levadura pasándola por un tamiz. Volver a batir procurando que a la masa le entre aire.

A continuación, para evitar que nuestro bizcocho se pegue al molde, frotaremos con un poco de mantequilla el interior de nuestro molde y, a continuación le espolvorearemos un poco de harina. El excedente de harina que no se haya pegado al molde la tiraremos. Una vez encamisado nuestro recipiente pasaremos en verter dentro la mezcla del bizcocho.

Cuando el horno haya llegado a la temperatura deseada, lo metemos dentro a una altura media durante unos 20 minutos (si la posición es la del aire caliente o turbo) o 40 minutos si sólo tenemos la posición calor arriba y abajo. De todas formas, os aconsejo hacer la prueba del palillo para saber si está hecho o si aún necesita un poco más de tiempo (clavar un palillo, un palo de pinchito o un cuchillo en el bizcocho; si sale limpio significa que está hecho por dentro).

 

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Una vez listo esperar a que el bizcocho se enfríe para consumirlo si no queréis poneros malitos. ¡Ah! Una vez apagado el horno no lo dejéis enfriar dentro o se os pondrá duro (incluso quemado) con el calor residual que aún tiene.

El interior del bizcocho de la foto es un poco más oscuro de lo normal porque el yogur que tenía era de cereales con frutas del bosque.

Este mismo bizcocho podéis rellenarlo de cualquier cosa que se os ocurra (nata, chocolate, mermelada, …), podéis añadirle a la mezcla frutos secos, cubrirlo con láminas de manzana, etc. Tenéis tantas opciones como se os ocurran.

Espero que lo disfrutéis Guiño.Ya veréis como repetís.

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Este es un plato estupendo para combatir los días de frío, además de ser sano, barato y fácil de preparar. Se llama así, papas en verbena, por el colorido de las verduras que acompañan a las patatas, como si de una fiesta se tratase.

 

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Los ingredientes que necesitaremos son:

  • patatas (al menos una mediana por persona)
  • cebolla (1 cebolla grande para cuatro comensales)
  • pimientos (medio verde y medio rojo)
  • tomates (dos o tres)
  • ajo
  • laurel
  • orégano
  • agua (al menos tiene que cubrir dos dedos por encima de los ingredientes).
  • aceite de oliva
  • sal

Sobre las cantidades prefiero no entrar muy en detalle porque yo suelo cocinar a ojo según el número de personas que seamos para comer y del apetito que tengan.

 

Preparación

Trocear la cebolla y los pimientos y pochar en una olla con un poco de aceite. Añadir un poco de sal para que se ablanden junto con la hoja de laurel. Pelar y trocear las patatas en cascos grandes, lavarlas e introducir en la olla. Rápidamente vertemos en la olla el ajo que ya tenemos troceado (con unos tres dientes es suficiente). Damos un par de vueltas y, a continuación, los tomates en dados. Ahora es el momento del agua, un poco más de sal y un puñadito de orégano.

En cuanto rompa a hervir el agua tapar la olla y dejar cocinar unos 15  o 20 minutos a fuego suave, dependiendo de la masa de la patata (si es una olla rápida se hará antes).

Destapar y servir.

 

Os doy un par de recomendaciones:

  1. Dejar reposar la comida un ratito antes de servirla para que los sabores se mezclen y reposen.
  2. Si lo preferís, podéis verter desde el principio todos los ingredientes en crudo en una olla con agua, pero no os olvidéis de añadir un chorrito de aceite de oliva.

¡Qué lo disfrutéis! 😉

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Una de las formas de conocer parte de la cultura de un lugar es acercándonos a su gastronomía.

 

En esta ocasión, pasearemos por el “Naschmarkt” de Viena, un antiguo mercado donde confluyen tradición, contrastes de olores y sabores en una algarabía perfectamente ordenada.

 

El Naschmarkt es un mercado situado en la calle Wienzeile en el distrito 6 de Mariahilf, entre el museo de Secession y Kettenbrücke. Precisamente, podemos llegar a él en metro con la línea U4 (la verde), bajándonos en la estación Kettenbrücke. Este mercadillo callejero es visitado por miles de turistas al año por su variedad de productos, colores, culturas, restaurantes de diversas gastronomías internacionales.

Naschmarkt de Viena en 1900 - fuente: Wikipedia

Data del siglo XVI, aunque a partir de finales del XVIII empieza a convertirse en el centro neurálgico de venta de los productos vegetales que llegaban a Viena exclusivamente por tierra. En cuanto al origen de su nombre, a principios del siglo XIX el mercado ya era popularmente conocido como “Aschenmarkt”. Es a partir de 1820 cuando  se le empieza a llamar Naschmarkt. Sin embargo, en 1905 recibe el nombre oficial de Kärntnertormarkts. Durante todos estos años el mercado nunca abandonó su ubicación original en Karlplatz, pero en 1919 fue trasladado junto a la calle Wienzeile, su lugar actual.

Más, ¿qué vamos a encontrarnos entre sus 2’315 hectáreas? Desde verduras y frutas, pasando por carnes de todo tipo (también “halal”, la carne que consumen los musulmanes), pescados, mariscos, puestos con especias de todo el mundo, pan y dulces, frutos secos, fruta escarchada, hasta restaurantes asiáticos, turcos con sus archiconocidos kebab (el mejor que he comido en Viena lo venden allí, al igual que el mejor falafel), especialidades de Italia, Grecia y la antigua Yugoslavia…

Puesto exterior donde disfrutar de un buen kebab

  Como veis en la foto de arriba y en esta de abajo , algo muy típico con las verduras rellenas de queso e incluso algún fruto seco como dátiles o nueces: calabaciles, pimientos, alcachofas, una variedad de calabazas pequeñitas, etc. Y por supuesto, no podía faltar la comida tradicional Vienesa y sus cafés. También es posible encontra pequeños puestos de ropa, bisutería, zapatos, relojes, llaveros, etc.

Como curiosidad, el  mejor día para visitar el lugar es el sábados, ya que sólo entonces también toma el lugar un pequeño rastro con artículos de segunda mano.

Si algún día visitáis Viena no dejéis pasar la oportunidad de fundiros por las calles de este mercadillo, el más grande de la ciudad imperial.

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